Estabamos en 2019 y aún había usuarios que veían su escritorio del equipo en 480p. Asi que, un día, la empresa decicdió renovar todos los monitores de los ordenadores por unos más grandes y de mejor calidad. Pues bien, como técnico de soporte, me tocó sustituir algún que otro monitor (unos 400).
El procedimiento era muy simple, subiamos las cajas, las abríamos y sacabamos el monitor nuevo, montábamos el soporte y conectabamos el cable de alimentación por un lado y el cable de video digital por otro; por último, desmontabamos el viejo monitor, lo metíamos en la caja y lo bajabamos al almacén.
En unos pocos minutos, el usuario se quedaba funcionando y felíz con su nuevo monitor. Normalmente, los monitores adaptaban automáticamente a la resolución y no había que configurar nada.
En una ocasión, alguien me preguntó con preocupación: ¿pero, te vas a llevar todos mis iconos?
Yo le contesté que no, que solo estaba cambiando el monitor, no la CPU. Creo que no llegó a entenderlo, pues justo antes de desconectar el viejo, me volvió a pedir por favor que mantuviese sus iconos en el nuevo monitor, que si no estaban igual, no podría trabajar.
Por suerte, cuando conecté el nuevo monitor, los iconos seguían ahí. El usuario respiró aliviado.